giovedì 24 aprile 2025

El Evangelio de la Educación .

 


El 

Testamento Pedagógico 

del Papa Francisco

para 

la escuela del futuro

 

-         por Antonio Fundarò

 

Hubo un tiempo –el nuestro– en que hablar de misericordia parecía un signo de debilidad, de ingenuidad, casi una rendición ante la dureza del mundo. En aquel momento llegó un Papa “del fin del mundo” que, con una voz suave pero radical, dio vuelta el paradigma. El Papa Francisco, nacido Jorge Mario Bergoglio, no sólo fue el 266° sucesor de Pedro, sino un auténtico maestro de humanidad, que devolvió a la palabra “educación” su antigua sacralidad: educere, es decir, “hacer surgir”, generar vida.

Nacido en Buenos Aires en 1936, jesuita de vocación, sacerdote de servicio, Francisco abrazó la pedagogía del evangelio (un enfoque educativo inspirado en el mensaje y la figura de Jesucristo) con la sabiduría del corazón. En él se encontraron el rigor de la inteligencia y la dulzura de la mirada, la firmeza de la doctrina y la revolución de la ternura. Su fuerza nunca estuvo en la condenación, sino en el abrazo. Propuso al mundo, y en particular a la escuela, una nueva gramática educativa: menos basada en los contenidos y más fundada en las relaciones, menos centrada en el rendimiento y más en el cuidado personal.

Su lenguaje era claro y directo, apropiado para niños y profesores, creyentes y no creyentes. Sus cartas al mundo escolar, sus llamamientos a los docentes, las palabras pronunciadas durante los encuentros con los jóvenes han esbozado una visión de la educación como herramienta de regeneración social. No se trata de construir ejércitos de expertos, sino de formar conciencias libres, conscientes, capaces de «llorar por los que sufren», como a él mismo le gustaba decir.

En su pensamiento educativo, la escuela nunca ha sido una institución neutral, sino un laboratorio de la humanidad. “Educar –dijo– es un acto de amor, es dar vida”. Y otra vez: “No se puede educar sin pasión”.

Sus palabras no pertenecen sólo al ámbito eclesial. Pertenecen a toda la humanidad. Por eso hoy, a la luz de su enseñanza, es necesario recoger su legado de forma viva, como brújula para toda comunidad escolar que quiera educar con el corazón y con la mente, con rigor y con empatía.

El Papa Francisco ha señalado la escuela como el lugar del cambio posible. Y lo hizo no sólo con sus encíclicas y documentos oficiales, sino también con sus silencios, con sus gestos, con su elección de un estilo de sobriedad y de cercanía. No hay hoy pedagogía de la dignidad que no pueda inspirarse en su vida. Por eso, su ejemplo nos interpela, con fuerza y dulzura a la vez, a repensar la escuela como un espacio en el que nadie sea dejado atrás, nadie sea humillado, nadie sea olvidado.

Las palabras clave de su léxico educativo

El Papa Francisco ha construido un léxico educativo que, si bien se basa en la tradición evangélica, habla con fuerza a todas las escuelas del mundo, incluidas las escuelas seculares, multiculturales y plurales. Nunca propuso una enciclopedia de conceptos abstractos, sino un vocabulario del alma, basado en palabras sencillas, vivas, concretas, capaces de incidir en la vida escolar cotidiana: misericordia , cuidado , encuentro , fraternidad , periferia , escucha , ternura , dignidad . Cada término, en sus homilías como en sus gestos, se convierte en un pilar educativo para ser releído en clave pedagógica.

La palabra misericordia , corazón de su pontificado, nunca fue para Francisco sinónimo de indulgencia fácil. Más bien, se ha propuesto como fundamento de toda relación educativa: mirar al otro, incluso al estudiante más difícil, no a través de la lente del prejuicio o la evaluación, sino como portador de un misterio, de una historia, de una posibilidad. Misericordia significa suspender el juicio para abrirse a la comprensión; Significa acompañar sin sustituir nunca, orientar sin invadir nunca.

Cuidado es la otra palabra clave, que recuerda la etimología de la propia educación como acto que nutre y protege. Francisco invita a la escuela a convertirse en una comunidad que se haga cargo no sólo de las capacidades, sino de las fragilidades, de los afectos, de los sueños. La atención educativa se traduce en atención personalizada, escucha empática, planificación inclusiva. Es la superación definitiva de la educación transmisiva, en favor de una enseñanza generativa, que acompañe el desarrollo integral de la persona.

La fraternidad es la base de una escuela que no clasifica sino que abraza. En un tiempo dominado por la competencia, Francisco nos recuerda que todos somos hermanos. Esto tiene profundas consecuencias pedagógicas: el aula no es un ámbito de juicio sino un laboratorio cooperativo. La evaluación se convierte en una herramienta para el crecimiento, no para la exclusión. Las metodologías de enseñanza basadas en la cooperación, la tutoría entre pares y el aprendizaje haciendo encuentran su base ética en la fraternidad.

Y luego están los suburbios , que para Francisco no son sólo lugares geográficos, sino condiciones existenciales. Toda escuela que se precie debe ser capaz de mirar a sus periferias: a los alumnos desfavorecidos, a los repetidores, a los recién llegados, a los niños que no hablan, a los que molestan, a los olvidados. El Papa Francisco nos enseña que una escuela justa es aquella que sabe desplazar el centro de gravedad hacia los más alejados, porque ahí se juega la verdad de nuestra tarea educativa.

Ternura , finalmente, es la palabra que más ha escandalizado a los partidarios de una escuela fría e hiperracional. Pero Francisco tuvo el coraje de proponerlo con fuerza, definiéndolo como “la fuerza de los fuertes”. La ternura no es debilidad, es plena conciencia de la dignidad del otro. Enseñar con ternura significa mirar a los estudiantes no sólo como sujetos a educar, sino como personas a amar. Es una pedagogía del corazón, que no tiene miedo de ser humano, que sabe sonreír, consolar, esperar.

Traducir este léxico a la práctica escolar no sólo es posible, sino un deber. Un profesor que actúa según este vocabulario educativo no sólo enseña nociones, sino que muestra que la escuela es un lugar donde la cultura se hace carne, se hace relación, se hace esperanza. Y este es, quizás, el mayor legado que nos deja el Papa Francisco: la invitación a no temer el bien, a no tener miedo de la belleza, a no renunciar nunca a la humanidad. Ni siquiera en la escuela.

El “Pacto Educativo Global”: Un Manifiesto para la Educación del Siglo XXI

En 2019, el Papa Francisco lanza un desafío que es a la vez invocación, programa y profecía: el de un Pacto Educativo Global . Lo hace con palabras sentidas y visionarias, invitando a escuelas, universidades, familias, instituciones y religiones a una alianza educativa global, capaz de afrontar las heridas de nuestro tiempo: la soledad, la desigualdad, la guerra, la crisis ecológica y la de las relaciones. “Necesitamos –dice– el coraje de generar un cambio cultural, de construir juntos una civilización del amor”. Es un llamamiento pedagógico, pero también cívico, porque considera la educación la única vía verdadera para una regeneración del mundo.

El Pacto se estructura en siete compromisos educativos que, traducidos al lenguaje de la escuela, pueden convertirse en directrices para toda institución educativa, independientemente de su orientación religiosa o cultural. El primero es la centralidad de la persona , principio pedagógico por excelencia: cada alumno es único, irrepetible, digno. Significa reevaluar la educación personalizada, promover entornos de aprendizaje inclusivos y flexibles e invertir en el bienestar emocional de los estudiantes.

La segunda es escuchar la voz de los jóvenes , el verdadero corazón de la escuela. Francisco pide que los niños no sean sólo destinatarios, sino protagonistas de la educación. Esto requiere prácticas dialógicas, metodologías participativas, consejos de clase abiertos, asambleas en vivo y una enseñanza que cuestione el mundo real.

La tercera es promover la plena participación de las niñas y las mujeres en la educación , como motor de la libertad, la igualdad y la justicia social. Esto se traduce en la integración de cuestiones de género en la planificación educativa, prácticas docentes no estereotipadas y apertura a un modelo de liderazgo escolar inclusivo.

El cuarto es educar a la acogida y al encuentro , superando las barreras de la indiferencia. Una escuela acogedora es una escuela que sabe trabajar la cultura de la alteridad, la educación intercultural, el valor de la convivencia. En las aulas se puede enseñar geografía, historia, derecho y, al mismo tiempo, fomentar la empatía, la hospitalidad, la solidaridad.

El quinto compromiso es formar personas dispuestas a servir a la comunidad , promoviendo el sentido cívico y la ciudadanía activa. Educar para el bien común significa dar espacio a proyectos de voluntariado, de aprendizaje experiencial y de servicio. Se trata de sacar la escuela de sí misma para introducir la realidad en el currículo.

El sexto es promover una cultura del encuentro y del diálogo , contra la lógica del conflicto y de la sospecha. Aquí la referencia a la mediación, la no violencia y la gestión de conflictos dentro y fuera del aula es muy fuerte. La escuela puede convertirse en un lugar donde se aprenda a discutir sin odiar, a confrontar sin destruirse.

Por último, el séptimo compromiso: proteger nuestra casa común , el medio ambiente, como responsabilidad educativa. Es una invitación a aplicar Laudato si' en las prácticas escolares, a través de cursos de ecología integral, talleres ambientales, huertos educativos, proyectos verdes y, sobre todo, a través de un estilo de vida sustentable que se encarne también en la comunidad educativa.

El Pacto Educativo Global no es una utopía espiritual, sino un programa concreto, apto para cualquier escuela que quiera educar no sólo cabezas, sino corazones. Francisco llama a reconstruir la educación como espacio de alianza entre generaciones, culturas, mundos, para construir una nueva civilización. No propone recetas, sino un método: reunirse, mirarse a los ojos, cuidar el futuro.

Cada consejo de clase, cada directivo, cada profesor puede encontrar en este Pacto un mapa para orientar su misión. Porque, como nos ha recordado reiteradamente el Papa Francisco, la educación es siempre un acto de amor. Es dar vida .

Educar el corazón: la pedagogía de la ternura

En un momento en el que a menudo se invoca la escuela como lugar de disciplina, de competencia, de rendimiento, el Papa Francisco nos ofrece una palabra desconcertante, antigua y al mismo tiempo revolucionaria: ternura . Es uno de sus términos más queridos, a menudo acompañado de un gesto, de un abrazo, de una mirada que desciende del púlpito y se detiene a la altura de los niños, de los enfermos, de los excluidos. “La ternura es la fuerza de los fuertes”, dijo. Y es precisamente a partir de esta suave fuerza que puede comenzar una verdadera revolución educativa.

Educar con ternura significa construir una relación basada no en la autoridad jerárquica, sino en la confianza. El maestro ya no es sólo el que sabe, sino el que acompaña. Es un adulto que no tiene miedo de mostrarse vulnerable, que sabe estar al lado de sus alumnos en los momentos de crisis, que no se refugia tras la rigidez de la nota, sino que sabe reconocer el valor del esfuerzo, del crecimiento, de la transformación silenciosa. Él es quien sabe decir: “No te preocupes, intentémoslo de nuevo juntos”.

Esta pedagogía tiene su centro en la relación educativa , entendida como lugar de acogida incondicional. No hay aprendizaje sin una relación significativa. También nos lo recuerda la pedagogía contemporánea, desde la psicología humanista de Carl Rogers hasta la enseñanza inclusiva de la UDA: sólo quien se siente reconocido, amado, apoyado puede aprender verdaderamente. Francisco, sin recurrir a códigos académicos, nos transmite esta verdad con sencillez: «Educar es generar. Y para generar, hay que amar».

Otro elemento clave de esta visión es la valorización del error. La escuela de la ternura no castiga, sino acompaña. El error no es una falta sino un pasaje. Una oportunidad para levantarse de nuevo, para volver a intentarlo, para aprender en profundidad. Aquí es donde entran en juego metodologías de enseñanza que rechazan el nocionalismo y abrazan el proceso: aprendizaje cooperativo , experimentación , actividades de laboratorio, itinerarios de aprendizaje basados en competencias, rúbricas de evaluación como herramientas de reflexión y no de condena.

La pedagogía de la ternura también promueve la inclusión no como una obligación normativa, sino como un estilo del alma. Cada estudiante, en esta perspectiva, tiene derecho a ser visto, reconocido y acogido tal como es. Los Planes Educativos Individualizados, las Necesidades Educativas Especiales y las estrategias de diferenciación docente se convierten en instrumentos de justicia, no sólo de derecho. Para Francisco, la escuela justa no es la que da más a quien más tiene, sino la que se inclina sobre quien está en dificultad, como el buen samaritano al borde del camino.

Y luego está el tiempo. La escuela de la ternura no tiene prisa. Él sabe esperar. Rechace a toda costa la lógica de los plazos, de los programas a cumplir, de los objetivos rígidos. Es una escuela que se parece más a un paseo que a una carrera. Y en este viaje, el maestro es un compañero, no un juez.

En una época marcada por la ansiedad escénica, por las presiones evaluativas y por un lenguaje educativo a menudo belicoso (“probar”, “competir”, “clasificar”), el Papa Francisco propone una escuela que sepa escuchar , conmover y acoger . No se trata de renunciar a la autoridad ni a la competencia, sino de arraigarlas en la dimensión relacional y emocional. Porque, como dijo una vez: “Una educación sin corazón no es educación en absoluto”.

Esta visión interpela profundamente a quienes viven la escuela hoy. Nos pide que seamos testigos antes de ser maestros. Antes de ser transmisores de conocimientos, constructores de significado. Nos pide creer que cada estudiante, incluso el más difícil, incluso el más enojado, tiene una chispa dentro de él. Y nuestra tarea es protegerlo del viento, acogerlo en nuestras manos y ayudarlo a convertirse en luz.

El Papa Francisco y el tiempo de la escucha

Aprendamos a escuchar. El verdadero diálogo empieza con el silencio del corazón. Esta frase sencilla y profunda contiene una de las mayores revoluciones educativas propuestas por el Papa Francisco: la pedagogía de la escucha. En un mundo que grita, interrumpe y corre, el Papa nos recuerda que la auténtica educación nace cuando nos detenemos, callamos y escuchamos al otro. Es un gesto de humildad, de respeto, de amor. Y es también, hoy más que nunca, una urgencia pedagógica.

En sus reflexiones, Francisco ha insistido repetidamente en el valor de la escucha activa , no como un acto pasivo, sino como un acto transformador. Escuchar verdaderamente significa acoger al otro tal como es, sin querer inmediatamente corregirlo, modificarlo o encasillarlo. En la escuela, este principio se traduce en una práctica educativa que pone al alumno, sus necesidades, sus emociones, sus miedos, sus sueños en el centro. Significa reconocer que cada palabra que dice un estudiante, incluso cuando es incorrecta, contiene un fragmento de verdad.

La pedagogía de la escucha propuesta por el Pontífice invita a docentes y directivos a reconocer que toda relación educativa tiene dos protagonistas. El maestro que sabe escuchar es el que ha aprendido a no llenar cada vacío , a no temer al silencio , a dejar espacio para la historia del otro . Él es quien sabe pausar el programa para dar voz a un dolor, a una petición, a una confidencia. Es el educador que sabe que antes de la explicación viene la relación, antes de la evaluación viene la comprensión.

En términos metodológicos, esta visión se materializa en todas aquellas prácticas que estimulan la palabra en los estudiantes: círculos de conversación, enseñanza mediante preguntas, debates, entrevistas narrativas, autobiografías cognitivas, tutorías entre pares, escucha empática en las discusiones escuela-familia. Se materializa también en una evaluación dialógica, donde el voto no cierra, sino que abre una conversación. En una facultad capaz de cuestionar juntos, no sólo de deliberar. En una presidencia que sabe abrir la puerta en lugar de imponerse con circulares.

Para el Papa Francisco, escuchar es también un instrumento de justicia relacional . Aquellos que no son escuchados son excluidos. Y los que quedan excluidos terminan perdiéndose. En esto, la pedagogía de la escucha está profundamente ligada a la prevención del abandono escolar: un niño que se siente escuchado es un niño que existe, que encuentra espacio, que no se siente inútil. Y así sigue siendo. Permanezca en la escuela y en la vida.

Pero escuchar también significa descentralizarse, renunciar a la omnisciencia, cuestionarse. Es el punto más alto y más cansador de la educación. El Papa lo hizo con sus opciones pastorales, con su apertura a los jóvenes, a las culturas, a las diferencias. Demostró que escuchar es un acto espiritual antes que comunicativo. Es una forma de decir: «Tú importas. Necesito que entiendas el mundo». Y esto, en una escuela que a menudo se siente sola e ignorada, es un mensaje poderoso.

Una escuela que sabe escuchar es una escuela que genera libertad. Que no impone identidades, sino que las hace emerger. Quien no predica, sino dialoga. Quien no juzga, sino que acompaña. Es la escuela que necesitamos para construir una sociedad más justa, más humana, más profunda. Porque, como nos enseña Francisco, nadie educa solo. Nadie se salva solo. Nadie crece sin ser escuchado .

Una educación en la paz y la belleza

El Papa Francisco siempre ha hablado de la paz no como un concepto abstracto o un ideal a proclamar, sino como un camino cotidiano a construir. “La paz se hace, no se predica”, afirmó. Y en esta afirmación resuena toda la concreción de su planteamiento educativo. Para él, la escuela es uno de los lugares privilegiados donde se puede –y se debe– construir una cultura de paz, no mediante grandes proclamaciones, sino a través de gestos sencillos, relaciones respetuosas y cuidado de los demás.

Educar para la paz, en el pensamiento del Pontífice, significa ante todo enseñar a habitar el conflicto sin violencia. Significa ayudar a los niños y jóvenes a reconocer a los demás no como una amenaza sino como un recurso. Se trata de desarrollar una habilidad fundamental: vivir juntos en la diferencia . De aquí surge una invitación a que la escuela se convierta en un laboratorio de diálogo, un gimnasio de empatía, un lugar para practicar la palabra amable. Las prácticas de mediación escolar, gestión de conflictos, resolución de problemas relacionales, aprendizaje cooperativo , se convierten en herramientas concretas para dar forma a esta educación pacificadora.

Pero junto a la paz, Francisco nos pide educar en la belleza . Y la suya no es una belleza estética ni superficial, sino una belleza que salva, que cura, que devuelve la dignidad. “La belleza no es una opción”, afirma, “es un derecho, especialmente para los pobres”. Y por eso la escuela está llamada no sólo a enseñar arte, música, poesía, sino a vivir poéticamente , a crear espacios bellos, tiempos armoniosos, ambientes que hablen de respeto y cuidado. Un aula ordenada, un mural compartido, un poema leído al inicio del día, una melodía que acompaña un momento de reflexión: son signos de una pedagogía de la belleza que hace de la escuela un lugar donde uno quiere quedarse.

Laudato si' , la poderosa y revolucionaria encíclica de Francisco, ofrece a las escuelas todo un marco para construir caminos de educación cívica, ambiental y cultural. Aquí la belleza se entrelaza con la responsabilidad. “El cuidado de nuestra casa común” se convierte en un tema interdisciplinario que une ciencia, geografía, arte, religión y tecnología. Educar sobre la belleza de la creación significa también educar sobre la sobriedad, el equilibrio y el respeto a lo que nos rodea.

Educar en la paz y en la belleza significa también redescubrir el valor del silencio , de la contemplación y de la desaceleración. Es enseñar que no todo se mide en rendimiento, que no todo se evalúa con un número. Francisco nos recuerda que hay un tiempo para reflexionar, para observar, para agradecer. Y la escuela también puede ofrecer esto: un espacio para respirar, donde el alma no se asfixia.

Esta visión educativa es también un acto político, en el más alto sentido del término: construir ciudadanos artesanos de la paz y custodios de la belleza. Ciudadanos que saben indignarse ante una injusticia, pero también conmoverse ante una puesta de sol, un cuadro, una palabra dicha con amor.

El Papa Francisco se dirigió a la escuela con el lenguaje de la esperanza, indicando la paz y la belleza como las dos alas sobre las que puede volar la educación del futuro. No una escuela indiferente y gris, sino una escuela luminosa y acogedora. Porque, como escribe en Fratelli Tutti , “ la educación es la semilla de la paz y la belleza es su hermana ” .

Por una escuela más humana: síntesis y perspectivas

Si quisiéramos resumir el pensamiento educativo del Papa Francisco en una sola imagen, podríamos pensar en una mano extendida. No una mano que impone, ni que castiga, sino una mano que levanta, que acompaña, que consuela, que anima. Su visión de la escuela es la visión de un lugar vivo, humano y relacional, donde cada uno encuentre espacio para ser él mismo y mejorar junto a los demás.

El Papa Francisco no nos ha dado un tratado pedagógico, sino un testamento educativo hecho de palabras, gestos, lágrimas, viajes, encuentros, encíclicas y silencios. Una visión del mundo y de la escuela que pone en el centro a la persona en su totalidad, que invita a educar con el corazón y con la inteligencia, que nos pide construir comunidades educativas fundadas en la solidaridad, la escucha y la empatía.

Esta herencia no puede limitarse al mundo eclesial. Es patrimonio de la humanidad y como tal pertenece también a la escuela pública, laica y democrática. Es un regalo para cada docente, para cada directivo, para cada educador que quiera contribuir a formar ciudadanos conscientes y felices. Porque educar, en el sentido más alto y franciscano, significa sembrar futuro .

A la luz de los valores e intuiciones del Santo Pontífice, podemos hoy proponer un decálogo educativo que, a pesar de su sencillez, se convierte en una brújula para toda comunidad escolar:

1.     Poner a la persona en el centro , antes del programa y la actuación.

2.     Escuchar con empatía , antes de hablar, evaluar, corregir.

3.     Acepte la fragilidad como parte del proceso educativo.

4.     Construye relaciones , porque sin relaciones no hay aprendizaje.

5.     Enseña la paz , en palabras, en gestos, en la gestión de conflictos.

6.     Cultivar la belleza , en cada detalle: ambientes, lenguaje, materiales, rituales escolares.

7.     Cuidemos nuestra casa común haciendo una educación verde y responsable.

8.     Valora la lentitud , frente a la prisa que quema el alma y la mente.

9.     Favorecer la cooperación , por encima de cualquier forma de competencia estéril.

10. Muestre esperanza , todos los días, en cada aula, incluso cuando sea difícil.

No se trata de una simple propuesta metodológica: es una elección antropológica. El Papa Francisco nos pide poner en el centro la humanidad , educar con el amor, con la justicia, con la ternura. No temas a la bondad, a la amabilidad, a la paciencia. No olvides que cada estudiante es un milagro en progreso. Y que cada maestro puede ser una luz en su camino.

En una época marcada por la desintegración, la indiferencia y la cultura del descarte, el Papa Francisco nos deja una visión educativa profundamente contracorriente. Una escuela que se haga vientre y no juicio, que forme conciencias y no sólo competencias, que restituya sentido y no sólo conocimientos.

Cualquiera que entre al aula, con una caja de caudales bajo el brazo y un corazón abierto al encuentro, puede hoy decidir abrazar este estilo. Porque, como él decía, « educar es siempre un acto de amor. Es dar vida. Es iluminar un futuro que nos supera».

Es sembrar lo que otros cosecharán.

 

Horizonte escolar

THE GOSPEL OF EDUCATION


The Pedagogical Testament 

of Pope Francis

for 

the school 

of the future

 

-         by Antonio Fundarò

 

There was a time – ours – when speaking of mercy seemed like a sign of weakness, naivety, almost a surrender in the face of the harshness of the world. At that time, a Pope came “from the end of the world” who, with a gentle but radical voice, overturned the paradigm. Pope Francis, born Jorge Mario Bergoglio, was not only the 266th successor of Peter, but a true master of humanity, who restored to the word “education” its ancient sacredness: educere, that is, “to bring out,” to generate life.

Born in Buenos Aires in 1936, a Jesuit by vocation, a priest by service, Francis embraced the pedagogy of the Gospel (an educational approach inspired by the message and figure of Jesus Christ) with the wisdom of the heart. In him, the rigor of intelligence and the sweetness of the gaze, the firmness of doctrine and the revolution of tenderness met. His strength was never in condemnation, but in embracing. He proposed to the world, and in particular to schools, a new educational grammar: less based on content and more founded on relationships, less centered on performance and more on care for the person.

His language was clear and direct, suitable for children and teachers, believers and non-believers. His letters to the world of school, his appeals to teachers, the words spoken during meetings with young people outlined a vision of education as a tool for social regeneration. Not to build armies of experts, but to form free, aware consciences, capable of "crying for those who suffer", as he himself loved to say.

In his educational thought, school has never been a neutral institution, but a laboratory of humanity. “Educating – he said – is an act of love, it is giving life”. And again: “You cannot educate without passion”.

His words do not belong only to the ecclesial sphere. They belong to all humanity. For this reason today, in the light of his teaching, it is necessary to collect his legacy in a living form, as a compass for every school community that wants to educate with the heart and the mind, with rigor and with empathy.

Pope Francis has indicated school as the place of possible change. And he has done so not only with his encyclicals and official documents, but also with his silences, his gestures, his choice of a style of sobriety and closeness. Today there is no pedagogy of dignity that cannot draw inspiration from his life. For this reason, his example asks us, with strength and gentleness together, to rethink school as a space in which no one is left behind, no one is humiliated, no one is forgotten.

The key words of his educational lexicon

Pope Francis has built an educational lexicon that, while drawing on the evangelical tradition, speaks forcefully to all schools in the world, including secular, multicultural, and plural schools. He has never proposed an encyclopedia of abstract concepts, but a vocabulary of the soul, based on simple, living, concrete words that can have an impact on daily school life: mercy , care , encounter , fraternity , periphery , listening , tenderness , dignity . Each term, in his homilies as in his gestures, becomes an educational pillar to be reread in a pedagogical key.

The word mercy , the heart of his pontificate, has never been, for Francis, synonymous with easy indulgence. Instead, it has been proposed as the foundation of every educational relationship: looking at the other, even the most difficult student, not through the lenses of prejudice or evaluation, but as the bearer of a mystery, a story, a possibility. Mercy means suspending judgment to open to understanding; it means accompanying without ever replacing, orienting without ever invading.

Care is the other key word, which recalls the very etymology of education as an act that nourishes and protects. Francis invites the school to become a community that takes care not only of skills, but of fragilities, affections, dreams. Educational care translates into personalized attention, empathetic listening, inclusive planning. It is the definitive overcoming of transmissive education, in favor of a generative teaching, which accompanies the integral development of the person.

Fraternity is the basis of a school that does not classify but embraces. In a time dominated by competition, Francis reminds us that we are all brothers. This has profound pedagogical consequences: the classroom is not an arena of judgment but a cooperative laboratory. Evaluation becomes a tool for growth, not for exclusion. Teaching methodologies that are based on cooperation, peer tutoring, and learning by doing find their ethical basis in fraternity.

And then there are the peripheries , which for Francis are not just geographical places, but existential conditions. Every self-respecting school must know how to look at its peripheries: the disadvantaged students, the repeaters, the newcomers, the kids who don't speak, those who disturb, those who are forgotten. Pope Francis teaches us that a just school is one that knows how to shift the center of gravity toward those who are furthest away, because that is where the truth of our educational task is played out.

Tenderness , finally, is the word that has most scandalized the supporters of a cold and hyper-rational school. But Francis had the courage to forcefully propose it again, defining it as “the strength of the strong”. Tenderness is not weakness, it is full awareness of the dignity of the other. Teaching with tenderness means looking at students not only as subjects to be trained, but as people to be loved. It is a pedagogy of the heart, which is not afraid of being human, which knows how to smile, console, wait.

Translating this lexicon into school practice is not only possible, but a duty. A teacher who acts according to this educational vocabulary does not only teach notions, but shows that school is a place where culture becomes flesh, becomes relationships, becomes hope. And this is, perhaps, the greatest legacy that Pope Francis leaves us: the invitation not to fear goodness, not to be afraid of beauty, never to give up humanity. Not even in school.

The “Global Educational Pact”: A Manifesto for 21st Century Education

In 2019, Pope Francis launches a challenge that is at once an invocation, a program and a prophecy: that of a Global Educational Pact . He does so with heartfelt and visionary words, inviting schools, universities, families, institutions and religions to a global educational alliance, capable of addressing the wounds of our time: loneliness, inequality, war, the ecological crisis and that of relationships. “We need,” he states, “the courage to generate a cultural change, to build a civilization of love together.” It is a pedagogical appeal, but also a civil one, because it considers education the only true way to regenerate the world.

The Pact is divided into seven educational commitments , which, translated into the language of school, can become guidelines for every school institution, regardless of religious or cultural orientation. The first is the centrality of the person , a pedagogical principle par excellence: every student is unique, unrepeatable, worthy. It means re-evaluating personalized education, promoting inclusive and flexible learning environments, investing in the emotional well-being of students.

The second is to listen to the voice of young people , the true beating heart of the school. Francis asks that children not only be recipients, but protagonists of education. This requires dialogical practices, participatory methodologies, open class councils, lively assemblies, and teaching that questions the real world.

The third is to promote the full participation of girls and women in education , as a driver of freedom, equality and social justice. This translates into the integration of gender issues in educational planning, non-stereotyped teaching practices and openness to an inclusive school leadership model.

The fourth is to educate to welcome and to meet , overcoming the barriers of indifference. A school that welcomes is a school that knows how to work on the culture of otherness, on intercultural education, on the value of coexistence. In the classrooms you can teach geography, history, law and at the same time grow empathy, hospitality, solidarity.

The fifth commitment is to train people willing to serve the community , promoting civic sense and active citizenship. Educating for the common good means giving space to volunteering, experience, and service learning projects. It means taking the school out of itself , to bring reality into the curriculum.

The sixth is to promote a culture of encounter and dialogue , against the logic of conflict and suspicion. Here the reference to mediation, nonviolence, and conflict management in and outside the classroom is very strong. School can become a place where one learns to discuss without hating, to confront one another without destroying one another.

Finally, the seventh commitment: to protect the common home , the environment as an educational responsibility. It is the invitation to decline Laudato si' in school practices, through integral ecology paths, environmental laboratories, educational gardens, green projects and, above all, through a sustainable lifestyle that is also embodied by the educational community.

The Global Educational Pact is not a spiritual utopia, but a concrete program, suitable for every school that wants to educate not only heads, but hearts. Francis asks to rebuild education as a space of alliance between generations, cultures, worlds, to build a new civilization. He does not propose recipes, but a method: get together, look each other in the eye, take care of the future.

Every class council, every manager, every teacher can find in this Pact a map to orient their mission. Because, as Pope Francis has repeatedly reminded us, educating is always an act of love. It is giving life .

Educating the heart: the pedagogy of tenderness

At a time when school is often invoked as a place of discipline, competence, performance, Pope Francis offers us a disconcerting, ancient and at the same time revolutionary word: tenderness . It is one of his most beloved terms, often accompanied by a gesture, an embrace, a look that descends from the pulpit and stops at the height of children, the sick, the excluded. “Tenderness is the strength of the strong,” he said. And it is precisely from this gentle strength that a true educational revolution can begin.

Educating with tenderness means building a relationship based not on hierarchical authority, but on trust. The teacher is no longer just the one who knows, but the one who accompanies. He is an adult who is not afraid to show himself vulnerable, who knows how to stand by the students in moments of crisis, who does not take refuge behind the rigidity of the grade, but knows how to recognize the value of effort, of growth, of silent transformation. He is the one who knows how to say: "Don't worry, let's try again together".

This pedagogy has its center in the educational relationship , understood as a place of unconditional welcome. There is no learning without a meaningful relationship. Contemporary pedagogy also reminds us of this, from the humanistic psychology of Carl Rogers to the inclusive teaching of UDA: only those who feel recognized, loved, supported, can truly learn. Francis, without using academic codes, gives us this truth with simplicity: "Educating is generating. And to generate, you have to love."

Another key element of this vision is the valorization of error. The school of tenderness does not punish, but accompanies. The error is not a fault, but a passage. An opportunity to get up, to try again, to learn in depth. This is where teaching methodologies that reject notionalism and welcome the process come in: cooperative learning , tinkering , laboratory activities, learning paths for skills, evaluation rubrics as tools for reflection and not condemnation.

The pedagogy of tenderness also promotes inclusion not as a normative obligation, but as a style of the soul. Every student, in this perspective, has the right to be seen, recognized, welcomed for what he or she is. Individualized Educational Plans, Special Educational Needs, and teaching differentiation strategies become instruments of justice, not just of law. For Francis, the right school is not the one that gives more to those who have more, but the one that bends over those in difficulty, like the Good Samaritan on the side of the road.

And then there is time. The school of tenderness is not in a hurry. It knows how to wait. It rejects the logic of deadlines at all costs, of programs to be completed, of rigid goals. It is a school that is more like a journey than a race. And in this journey, the teacher is a companion, not a judge.

In an era marked by performance anxiety, evaluative pressures and an often bellicose educational language (“test”, “compete”, “classify”), Pope Francis proposes a school that knows how to feel , be moved , welcome . It is not a question of renouncing authority or competence, but of rooting them in the relational and affective dimension. Because, as he once said: “An education without heart is not education”.

This vision deeply questions those who live school today. It asks us to be, before teachers, witnesses. Before transmitters of knowledge, builders of meaning. It asks us to believe that every student, even the most difficult, even the angriest, holds a spark within himself. And our task is to protect it from the wind, welcome it in our hands and help it become light.

Pope Francis and the Time of Listening

“Let us learn to listen. True dialogue begins with the silence of the heart.” This simple and profound phrase contains one of the greatest educational revolutions proposed by Pope Francis: the pedagogy of listening. In a world that screams, interrupts, and runs, the Pope reminds us that authentic education begins when we stop, remain silent, and lend an ear to the other. It is a gesture of humility, of respect, of love. And it is also, today more than ever, a pedagogical urgency.

In his reflections, Francis has repeatedly insisted on the value of active listening , not as a passive act, but as a transformative act. Truly listening means welcoming the other for what he or she is, without immediately wanting to correct, modify, or pigeonhole him or her. In school, this principle translates into an educational practice that puts the student, his or her needs, emotions, fears, and dreams at the center. It means recognizing that every word a student says, even when it is wrong, contains a fragment of truth.

The pedagogy of listening proposed by the Pontiff invites teachers and managers to recognize that every educational relationship has two protagonists. The teacher who knows how to listen is the one who has learned not to fill every void , not to fear silence , to leave space for the other's story . He is the one who knows how to pause the program to give voice to a pain, a request, a confidence. He is the educator who knows that before the explanation comes the relationship, before the evaluation comes understanding.

In methodological terms, this vision is embodied in all those practices that favor the students' speech: circle time, teaching by questions, debates, narrative interviews, cognitive autobiographies, peer tutoring, empathic listening in school-family discussions. It is also embodied in a dialogic evaluation, where the vote does not close, but opens a conversation. In a teaching staff capable of questioning together, not just deliberating. In a presidency that knows how to open the door rather than imposing itself with circulars.

Listening, for Pope Francis, is also an instrument of relational justice . Those who are not listened to are excluded. And those who are excluded end up getting lost. In this, the pedagogy of listening is deeply linked to the prevention of school dropout: a boy who feels listened to is a boy who exists, who finds space, who does not feel useless. And therefore he stays. He stays in school, and in life.

But listening also means decentralizing oneself, renouncing omniscience, questioning oneself. It is the highest and most demanding point of education. The Pope did it with his pastoral choices, with his openness to young people, to cultures, to differences. He showed that listening is a spiritual act even before it is a communicative one. It is a way of saying: “You are important. I need you to understand the world”. And this, in a school that often feels alone and unheard, is a powerful message.

A school that knows how to listen is a school that generates freedom. That does not impose identities, but brings them out. That does not preach, but dialogues. That does not judge, but accompanies. It is the school we need to build a more just, more human, more profound society. Because, as Francis teaches us, no one educates alone. No one is saved alone. No one grows without being listened to .

An education in peace and beauty

Pope Francis has always spoken of peace not as an abstract concept or ideal to proclaim, but as a daily path to build. “Peace is made, not preached,” he said. And in this statement resounds all the concreteness of his educational approach. For him, school is one of the privileged places where one can – and must – build a culture of peace, not through great proclamations, but through simple gestures, respectful relationships, care for others.

Educating for peace, in the thought of the Pontiff, means first of all teaching how to inhabit conflict without violence. It means helping children and young people to recognize the other not as a threat but as a resource. It means developing a fundamental skill: coexistence in difference . From here comes an invitation to the school to become a laboratory of dialogue, a gym of empathy, a place to practice kind words. The practices of school mediation, conflict management, relational problem solving, cooperative learning , become concrete tools to give shape to this pacifying education.

But alongside peace, Francis asks us to educate in beauty . And his is not an aesthetic or superficial beauty, but a beauty that saves, that heals, that restores dignity. “Beauty is not an optional,” he says, “it is a right, especially for the poor.” And so the school is called not only to teach art, music, poetry, but to live poetically , to create beautiful spaces, harmonious times, environments that speak of respect and care. An orderly classroom, a shared mural, a poem read at the beginning of the day, a melody that accompanies a moment of reflection: these are all signs of a pedagogy of beauty that makes the school a place where one wants to stay.

Laudato si' , Francis ' powerful and revolutionary encyclical, offers schools an entire framework for building civic, environmental and cultural education paths. Here beauty is intertwined with responsibility. "Care for our common home" becomes an interdisciplinary theme that unites science, geography, art, religion and technology. Educating about the beauty of creation also means educating about sobriety, balance and respect for what surrounds us.

Educating for peace and beauty also means rediscovering the value of silence , contemplation, slowing down. It means teaching that not everything is measured in performance, that not everything is evaluated with a number. Francis reminds us that there is a time to reflect, to observe, to give thanks. And school can also offer this: a space to breathe, where the soul is not suffocated.

This educational vision is also a political act, in the highest sense of the term: to build citizens who are artisans of peace and guardians of beauty. Citizens who know how to be indignant in the face of injustice, but also moved by a sunset, a painting, a word said with love.

Pope Francis spoke to the school with the language of hope, indicating peace and beauty as the two wings on which the education of the future can fly. Not an indifferent and gray school, but a bright and welcoming school. Because, as he writes in Fratelli Tutti , “ education is the seed of peace, and beauty is its sister” .

For a more human school: synthesis and perspectives

If we wanted to enclose the educational thought of Pope Francis in a single image, we could think of an outstretched hand. Not a hand that imposes, nor that punishes, but a hand that lifts, that accompanies, that consoles, that encourages. His vision of school is the vision of a living, human, relational place, where everyone finds space to be themselves and to become better together with others.

Pope Francis has given us not a pedagogical treatise, but an educational testament made of words, gestures, tears, journeys, meetings, encyclicals and silences. A vision of the world and of the school that places the person in his or her entirety at the center, that invites us to educate with the heart and with the intelligence, that asks us to build educational communities founded on solidarity, listening, empathy.

This heritage cannot remain confined to the ecclesial world. It is the heritage of humanity, and as such it also belongs to the public, secular, democratic school. It is a gift for every teacher, for every manager, for every educator who wants to contribute to forming aware and happy citizens. Because educating, in the highest and Franciscan sense, means sowing the future .

In light of the values and intuitions of the Holy Pontiff, we can today propose an educational decalogue that, despite its simplicity, becomes a compass for every school community:

1.     Put the person at the center , before the program and the performance.

2.     Listen with empathy , before speaking, evaluating, correcting.

3.     Embrace fragility as part of the educational process.

4.     Build relationships , because without relationships there is no learning.

5.     It teaches peace , in words, in gestures, in conflict management.

6.     Cultivate beauty , in every detail: environments, language, materials, school rituals.

7.     Take care of our common home by making education green and responsible.

8.     It values slowness , against the haste that burns the soul and the mind.

9.     Favor cooperation , over any form of sterile competition.

10. Show hope , every day, in every classroom, even when it's difficult.

This is not a simple methodological proposal: it is an anthropological choice. Pope Francis asks us to put humanity at the center , to educate with love, with justice, with tenderness. To not fear goodness, kindness, patience. To not forget that every student is a miracle in progress. And that every teacher can be a light on their path.

In an era marked by disintegration, indifference, and a throwaway culture, Pope Francis leaves us a profoundly countercurrent educational vision. A school that becomes a womb and not a judgment, that forms consciences and not just skills, that restores meaning and not just knowledge.

Anyone who enters the classroom, with a register under their arm and a heart ready to meet, can today decide to embrace this style. Because – as he said “ educating is always an act of love. It is giving life. It is lighting a future that surpasses us.

It is sowing what others will reap.

 

OrizonteScuola